El superpoder de las madres

Cuando somos madres adquirimos un superpoder extraordinario: conocer las necesidades y sentimientos de nuestros hijos. Esa conexión casi física es maravillosa pero requiere un gran trabajo mental y en ocasiones también puede ser agotador.

12/17/2025

Esta mañana, mientras paseaba con nuestro perro Thor, como cada día, me he dado cuenta del superpoder extraordinario de las madres. Llevaba el móvil en la mano y estaba valorando si mandaba a mi madre un audio de WhatsApp de esos largos, largos contándole una llamada que acababa de tener.

Es cierto que nos contamos todo casi al instante, pero a veces tengo la sensación de que recurro a ella con demasiada frecuencia y tal vez la interrumpa en su trabajo o en algo importante que esté haciendo. Así, mientras me debatía entre estos pensamientos, ha llegado un audio de mi madre al móvil…” ¿Hoy tenías esa llamada verdad? ¿Cómo ha ido?” Y ahí estaba…el superpoder.

Y es que no se muy bien como mi madre sabe exactamente lo que necesito en cada momento, una llamada, un WhatApp de ánimo o simplemente espacio y lo más curioso es que lo hace de forma natural como si no le costase esfuerzo, como si fuera algo innato, como si no fuera algo totalmente extraordinario. Ese hilo invisible, esa conexión casi física que tenemos es algo increíble. Mi madre me ha mandado el WhatsApp justo en el instante en el que yo estaba pensando si lo hacia o no, y lo sorprendente es que esto nos pasa bastante a menudo.

Con los años, después de tener a mis dos hijos, he comprendido que, aunque ella lo tiene espacialmente desarrollado, es un superpoder común a todas o a casi todas las madres. Lo he podido comprobar en mí misma pero también en otras madres, observando el comportamiento de sus hijos en un momento concreto y como han sabido resolver la situación perfectamente cuando para los demás parecía imposible.

He de confesar, ­­­­—aunque parezca que estoy alagándome a mí misma­­­­—, que normalmente sé perfectamente lo que necesitan mis hijos. Y digo normalmente porque, es cierto, que de los dos a los tres años el superpoder pasa por un periodo de debilidad bastante importante.

Pero, aun así, con el pequeño siempre sé con bastante exactitud que necesidad esta reclamando cubrir. Si tiene hambre, si está agotado, si se encuentra mal o si simplemente se ha cruzado porque él quería ponerse primero el calcetín del pie derecho y yo le has puesto el del izquierdo y así un largo etcétera fácilmente reconocible por las mamis que estéis inmersas en esta etapa tan divertida y desconcertante al mismo tiempo.

Con el mayor, en el que sus sentimientos son los protagonistas y toman el relevo a esas necesidades básicas que son tan visibles en el pequeño, es todavía más evidente. Soy capaz de leer que está triste por algo del cole, que esta de morros porque su hermano se ha sentado a mi lado y quería hacerlo él, porque le he puesto la taza de Sonic y no la de la Patrulla Canina, porque él quería ir a casa del yayo y no hemos ido o porque la yaya me ha dado un beso y él también quería un abrazo.

Y la verdad es que me sale de forma innata, sin hacer un esfuerzo, como a mi queridísima madre, no soy consciente de que estoy leyendo casi constantemente sus necesidades y sus sentimientos. Este superpoder que en algún momento se nos otorgó a las madres, quizá porque compartimos nuestro cuerpo y nuestra energía nueve meses con ellos o porque los buscamos incansablemente hasta encontarlos en este mundo, es maravilloso pero como todo en la maternidad, a veces, agota.

Y es que, aunque nos salga de manera natural, cognitivamente es un gran esfuerzo, pero nuestro cerebro no lo registra como tal y así, al final del día, de la semana o de unas vacaciones navideñas estamos al borde del colapso mental, literalmente.

Y aunque parece ser algo casi divino, a veces me pregunto si perderé este superpoder si no lo cultivo, si no lo cuido, si no le doy valor. Pienso que quizá cuando tengan mi edad no sepa ya leer sus sentimientos, quizá al estar lejos y no vivir bajo el mismo techo me cueste saber cómo están o que necesitan, y la verdad es que esto me da cierto miedo.

Quiero pensar que jamás lo perderé porque es algo que adquirí al ser madre y que, aunque no estén conmigo todos los días o sean más o menos expresivos con sus sentimientos, siempre sabré detectar en un WhatsApp ­­­­—o en la tecnología de comunicación que usemos en ese momento­­­­— cual es su estado de ánimo y que necesitan escuchar. Tal y como hacía mi madre conmigo cuando era pequeña y como sigue haciendo cada día.