Vacaciones en el pueblo

Las vacaciones en el pueblo son una opción maravillosa para superar la gincana que supone esos días sin cole para nosotros, los padres. Aire puro, naturaleza y rutinas flexibles ¿Qué más se puede pedir?

3/26/2026

La Pascua está a la vuelta de la esquina y he de confesaros que es una de mis épocas favoritas del año. Empieza a hacer mejor tiempo, brilla el sol y el calor va apareciendo, por lo que podemos guardar las bufandas y los abrigos y sacar camisas y gorras. Además, es la época de uno de nuestros dulces favoritos: la mona de Pascua, que ya sea normal o de chocolate, es devorada igualmente por mis hijos.

Pero Pascua también es sinónimo de vacaciones, de muchas vacaciones, porque los niños disfrutan de doce maravillosos días de fiesta, con sus mañanas, sus tardes y sus noches…una gincana para la crianza. ¿Y qué hacemos para poder aprovechar estos días al máximo, distraer a nuestros hijos y no morir en el intento?

Pues como una gran parte de la población con hijos recurrimos al comodín favorito de madres y padres: el pueblo.

Así, nosotros, durante las vacaciones de Pascua siempre aprovechamos para pasar unos días en el pueblo de SuperPapi, un lugar muy especial. Y es que los pueblos tienen algo mágico, algo que todos los niños adoran: la libertad. Personalmente nos encanta llevar a nuestros hijos al pueblo porque aprovechamos para ver la vida de otra manera, salir de la rutina del día a día, aprender cosas nuevas, respirar aire puro y jugar, jugar muchísimo.

En el pueblo, nuestros hijos descubren que el cielo es de un color azul intenso y no de ese gris apagado tan característico de la ciudad. Aprenden que los tomates no salen en las cajas de plástico del supermercado si no que nacen en la tierra y crecen con el sol. O que los girasoles no aparecen de forma espontánea en las macetas de Verdecora, sino que crecen buscando el sol, girando durante el día y así, se maravillan observando los campos enormes que lo invaden todo, ocupando el espacio hasta donde se pierde la vista.

A mis hijos les encanta sentir la libertad que les da poder correr sin límites, sin miedo a que aparezca un coche o un patinete en cada esquina, disfrutan escalando por las piedras del campo, jugando al escondite en la plaza o saltando el riachuelo sin miedo a ensuciarse el uniforme para ir al cole, pero sobre todo les encanta poder votar la pelota en el patio porque no molestan a los vecinos de abajo. Y es que, en el pueblo, los vecinos no viven encima ni abajo sino a los lados y siempre están ahí cuando los necesitas, a tu lado, porque en el pueblo los vecinos son familia.

También les sorprende conocer que papá tiene un nombre en la ciudad y otro en el pueblo y que es el mismo que tenía su padre y también su abuelo, que los amigos del pueblo son diferentes y les une algo especial, porque no importa si se ven dos o tres veces al año, los brazos y los besos no siguen el calendario.

En el pueblo el reloj se para y el tiempo se dilata, las rutinas existen, pero son más flexibles. Así, la hora de la ducha coincide con la puesta de sol y es mucho más divertida y el cuento de antes de dormir nunca llega porque caen rendidos en el sofá casi sin darse cuenta.

Pero creo, sin duda, que lo que más les gusta a mis hijos del pueblo es que sienten que estamos juntos, juntos de verdad. Porque en el pueblo no se despiden de sus tíos, solo les dicen “buenas noches” porque duermen en la habitación de al lado y al día siguiente pueden despertares con saltos en la cama y achuchones. En el pueblo papá y mamá se miran más a los ojos y hablan despacio porque no tienen prisa, porque no hay que llegar a ningún sitio, porque no hay obligaciones, porque en el pueblo hay más calma y más paz.